viernes, abril 01, 2005

Alguien que nos lea

Para Félix y Gonzalo, sobre todo.

Una mañana más, salió de casa con la carpeta llena de versos. Quizá hoy tuviera suerte. Comenzaba a llover; la guardó bajo la chaqueta, apretándola contra su pecho. Sintió un fuerte pinchazo, tal vez un alejandrino bajo la cuarta costilla. Tuvo la certeza de que no podría levantarse muchas mañanas más; si no encontraba pronto a alguien, tendría que quedarse en su cuarto esperando la hora.

Caminó despacio, a pesar de la lluvia cada vez más intensa; no quería parecer preocupado y alertar así a los posibles candidatos. Intentó concentrarse en el agua que comenzaba a inundar sus zapatos, en la sensación de caminar con los pies metidos en un barreño. En eso estaba cuando un hombre se paró delante de él. Se miraron a los ojos; el otro también llevaba la mano doblada sobre la chaqueta. Observó sus ojeras, y se preguntó con tristeza si él tendría el mismo aspecto. Permanecieron así durante unos minutos; sintió ganas de llorar, tal vez aun pudiera salvarse, tal vez alguien por fin para leer sus versos. Y encontrarlo así, en la calle... Ya tenían cada uno sus carpetas en la mano; ya iban a cambiarlas. Y cuando el otro leyera, por fin acabarían los pinchazos, los sofocos, los terrores nocturnos... sólo coger la carpeta del otro, soltar la propia...

Los encontraron unas horas después, tirados sobre la acera, con la mano extendida. En el suelo cientos de papeles; a su alrededor, un reguero de letras disueltas en la lluvia. Sólo coger la carpeta del otro, soltar la propia...

1 Comments:

At 8:24 a. m., Blogger Gonzalo Villafáñez García said...

Es como un aire de derrota, pero con mucha melancolia la imagen de los dos tirados en la acera, se supone que muertos, viendo como sus versos se marchan por la alcantarilla desapareciendo poco a poco en la acera mojada. No sé si las generaciones importantes de escritores pensaron en acabar así o fueron más optimistas.

 

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